Salida Setiembre 2026 - La Floresta
El calendario marcaba el sábado 5 de setiembre y el invierno, reacio a retirarse del todo, nos regaló una de esas mañanas donde el aire corta la piel pero invita, inevitablemente, a girar la llave de contacto. Volvíamos a La Floresta, un trillo clásico que ya habíamos pisado en abril del año pasado, pero con una promesa distinta: las lluvias copiosas de este final de temporada habían transformado los caminos conocidos en un terreno completamente nuevo, listo para poner a prueba la nobleza de nuestros fierros y la pericia de las tripulaciones.
El punto de encuentro en la estación DISA de La Floresta. Veinte camionetas iban marcando el territorio, prontas para emprender el camino, pero con la sorpresa de nuestra socia Beatriz, que se arrimó con unas pastrafrolas que ya prometían ser el combustible anímico indispensable para el asado que nos esperaba en la tarde, además de servir para agasajar a Bruno, quien el día anterior había celebrado otra vuelta más alrededor del Sol.
Pasadas las diez y media, con los tanques llenos, la presión de neumáticos chequeada y la euforia a flor de piel, emprendimos la marcha. El trayecto se presentó desde los primeros kilómetros generoso, ameno y con una buena dosis de ese barro que tanto buscamos los que esperamos los desafías de loa travesía. No tardaron en aparecer las primeras trampas del camino, esas huellas profundas donde la arcilla húmeda desafía la tracción integral. Algún que otro encajado obligó a desplegar las eslingas, templar los grilletes y trabajar en equipo, demostrando que en estas lides ningún Land Rover se queda atrás y que la asistencia mutua es el pulso vital de cada travesía. Lejos de ser un contratiempo, cada rescate aportó esa pizca de picantez y aventura que transforma un simple paseo en una anécdota inolvidable para contar al calor del fogón.
Tras casi cuatro horas de pura diversión entre callejones arbolados, vadeos y maniobras precisas, la caravana entera alcanzó la orilla del arroyo Solís Chico. El despliegue final fue imponente: casi cuarenta socios y amigos convergieron en el punto de llegada para redondear una jornada fabulosa. Lo que se vivió allí fue una auténtica exposición viva de la historia de Solihull rodando por los campos uruguayos. Era un deleite para los sentidos observar la variedad generacional de los vehículos presentes. Desde veteranos Series I y Series III que parecen desafiar el paso de las décadas con su estampa atemporal, pasando por las infaltables Discovery en sus series 1, 2 y 3, hasta una legión de Defenders de todas las configuraciones posibles: cortos, largos, pickups de trabajo duro e incluso una unidad táctica retirada del ejército uruguayo que despertaba la curiosidad de todos. Como broche de oro, la elegancia intacta de las Range Rovers aportó su cuota de distinción clásica.
Pese al frío que soplaba desde el agua, los grandes fogones encendidos enseguida devolvieron la temperatura al grupo. El aroma del asado cociéndose lentamente a la leña se mezcló con las risas, las discusiones técnicas sobre relaciones de diferencial, cubiertas y presiones de trabajo, y las memorias de viejos caminos recorridos. La camaradería demostró, una vez más, que el corazón de nuestro Club late con una fuerza inquebrantable, manteniendo un puente generacional perfecto entre socios veteranos y caras nuevas, a bordo de máquinas concebidas este siglo y en el anterior.
Las travesías pasan, el barro se seca, pero la mística queda intacta en cada kilómetro compartido. Dejamos algunas fotos como prueba de ello.






























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